Empoderamiento que alimenta la infancia

Empoderamiento que alimenta la infancia

María Paz Gonzales – 1 de abril de 2020

En los albergues para refugiados y migrantes, las mujeres construyen diariamente la oportunidad de restituir el derecho a la niñez.

El 26% de los migrantes venezolanos que llegan al Perú son niñas y niños. Brindarles la seguridad y bienestar que les corresponde debería ser una acción inmediata: no solo por las diversas situaciones de peligro a las que están expuestos durante el proceso migratorio, sino también por el daño como consecuencia de la estrechez de recursos que se vive en su país. Sin embargo, la documentación requerida – de las que muchas familias no disponen en un primer momento – se antepone frente a derechos irrefutables como la educación, la alimentación o el acceso a servicios de salud. Cuando se exige la priorización y protección de la infancia es precisamente por esa condición de vulnerabilidad que les identifica. 

La migración, a pesar de ser el camino hacia una mejora en la calidad de vida, no deja de representar una amenaza para aquellos que se encuentran transitando sus primeros años. Frente a esta realidad, Acción contra el Hambre entiende su labor como la de velar por la integridad de los niños y niñas que ingresan al país, abriendo vías para su inserción a una vida en bienestar y seguridad. 

Proteger a las familias también es sustancial. Muchas mujeres peruanas y venezolanas logran contribuir a esta misión con su labor diaria, generando oportunidades de crecimiento, facilitando el proceso de adaptación y acogiendo con amor a quienes más lo necesitan. 

JENNY

“Si sé que una familia va a llegar, no importa la hora que sea, aquí la espero” 

El albergue San José ha cumplido un año de recibir a más de 100 familias venezolanas. Fue construido en 1995 para cubrir la necesidad de muchas iglesias que requerían de un espacio donde realizar sus pastorales, jornadas espirituales, catequesis y reuniones. Durante los últimos años, las iglesias han optado por ampliar sus sedes, se han trasladado a otros distritos y la frecuencia de visitantes disminuyó por completo, cuenta Jenny Ayala, hermana encargada del albergue. 

La cantidad de migrantes no dejó de crecer. A partir de la segunda oleada migratoria, el distrito de San Juan de Lurigancho ha ido concentrando una comunidad cada vez más grande de venezolanos y venezolanas. Esta nueva población que se ubicaba en la zona norte de la capital pocas veces contaba con un lugar para instalarse. Así se fueron habilitando refugios que rápidamente llegaron a su tope. Fue entonces que surgió la idea de convertir la casa de retiro en un albergue temporal para familias venezolanas, no lo pensamos mucho, era una urgencia y nosotros teníamos lo fundamental: espacio.

Por más de dos años, ni los cuartos ni los baños fueron utilizados. La casa necesitaba una remodelación profunda. Contábamos con un presupuesto muy limitado para cambiar focos, comprar sábanas, colchones y reparar tuberías. Todo este proceso nos tomó casi dos meses. En abril del 2018, cuando el albergue empezó a funcionar, acogió a su primera familia: una señora con dos jóvenes. Ella no era la mamá, pero los había cuidado desde que llegó a Lima. La segunda fue una mujer con siete hijos, de ahí en adelante fue imposible volver a contar. 

Jenny ha aprendido sobre la marcha. Pasar de la calma que ofrecía esta casa de retiro al incesable movimiento que se genera alrededor de las familias y los quehaceres diarios, le ha devuelto un sentido al espacio y a su labor dentro de este. Llego con mi bebé, con mi niño, con mi esposo o sola. Duermo en la calle, camino horas, días. Hay niños que me decían “ Señorita, este es el cuarto más lindo que he tenido”y la habitación no contaba con más que una ventana y una cama. Fueron episodios que me golpearon mucho, que me hicieron valorar las cosas que a veces he dado por sentado. 

Con el pasar de los días, los colaboradores del albergue comprendieron que ofrecer únicamente un techo no iba a ser suficiente, esta casa tiene que tener una finalidad, tiene que ser un motor para estas familias. Aquí empezó la contribución de Acción contra el Hambre orientada a fortalecer capacidades para ofrecer ayuda de manera más integral. Tuvimos que arreglar la infraestructura para que se pudieran dar talleres de salud mental, apoyo psicológico, incluso talleres de cómo administrar albergues.”

Hoy, a diferencia de los primeros meses, el andar de Jenny es menos apresurado, aunque nunca está del todo quieta. En su oficina no pasan ni cinco minutos antes de que la llamen o llegue alguien con una consulta. Todo lo resuelve rápidamente, como si las respuestas estuvieran en el aire. A veces lo están. 

DEIMA

Uno de los principales logros alcanzados en varios albergues han sido los Espacios Amigables, donde niños y niñas tienen la oportunidad de recuperar o acercarse al imaginario de lo que significa una infancia integral. Además, logra ser un apoyo para las familias, ya que por algunas horas pueden salir a trabajar o buscar empleo sin la angustia de buscar con quién dejar a sus hijos o con quéalimentarlos. 

En enero, el espacio tuvo que dejar de funcionar por unos meses. Deima y Yanelia, madres voluntarias, decidieron asumir la responsabilidad temporal hasta que volviera a abrir sus puertas de manera regular. Los beneficios de un lugar con estas características son un impulso para construir el bienestar infantil y familiar. Mientras que los padres y madres dependan de la ayuda humanitaria para cubrir por lo menos una necesidad básica, este espacio se entiende y se valora como fundamental. Por eso es que veníamos acáa ayudar a los niños, a parte que esa es mi vocación, porque yo soy profesora en educación especial. Nosotras hicimos nuestro duo: Yaneila se encargaba de la parte de recreación y yo en la parte de la pedagogía de los niños, explica Deima.  

Del total de niños y niñas entre 3 a 5 años de edad que viven en el Perú, el 74,7 % no asistía al colegio antes de la pandemia (INEI). Algunos de los principales motivos son la falta de ingresos y el desconocimiento sobre el sistema de educación en el país. Sin embargo, el problema educativo es arrastrado desde sus tierras. 

En el 2018 el Instituto Nacional de Estadística en Venezuela calculó que el 28% de los escolares no asistieron a clases por falta de agua, 22 % por carencias de alimentos en el hogar y 13 % por esta misma razón en la escuela. Allá un niño va en chora, con el mismo cuaderno del año pasado, un niño no tiene una caja de colores. Esa necesidad aquí no la vi. Si hay diferencia de tamaños, de nivel de aprendizaje, nosotras nos organizábamos. 

Para Deima los recursos que se tienen en el espacio bastan y sobran si por encima de todo prevalecen las ganas de contribuir, de generar un cambio. Leiner no sabía escribir su nombre, se sentía muy mal porque él ya tenía 10 años. Yo le ponía palitos para que él repasara su nombre y se quedaba contentísimo. Cuando por fin lo logró fue corriendo donde su mamá para contarle “¡mamá escribí mi nombre, escribí mi nombre!”. Son cosas que realmente a uno la llena. 

LIZ

En febrero las puertas de los espacios amigables se volvieron a abrir y Liz estuvo a cargo. Fue su segunda experiencia como maestra voluntaria en Perú. El camino no ha sido fácil, motivarse constantemente para salir adelante fue una lucha consigo misma. No solo se enfrentó a la incertidumbre propia del proceso migratorio sino también al dolor de perder a un ser querido: durante su traslado de Ecuador a Perú, su hermana falleció. Recuperar el optimismo y darle sentido a sus esfuerzos parecía imposible; tuvo que volver a conectarse con sus sueños, sus deseos y sus objetivos. En ese trayecto, se reencontró con la educación y su labor de profesora, pero esta vez la iba a compartir con quienes más lo necesitan.

La hora de almuerzo para Liz es tal vez la más importante. No se trata solo de comer, sino de asegurarse de su correcta alimentación, reconocer sus reacciones y corregir los malos hábitos. Yo conozco las dos realidades: el estar aquí y trabajar y tener estabilidad, pero también el otro lado del migrante que llega, que no tiene dinero, que no tiene trabajo, que está vendiendo en la calle porque también lo hice. Muchas veces uno dice “pago el arriendo o la comida”y uno elige el arriendo porque sino te echan a la calle. Por eso es fundamental que tengan una alimentación balanceada, explica Liz.

En el 2020, la cifra de desnutrición infantil en Venezuela se elevó a 22,7%. Para muchas familias la variedad de alimentos no asciende a cinco en su dieta diaria, sobre todo en proteínas y hierro de alto valor biológico. Los niños que recién llegan no saben qué es una manzana o qué es una pera, no lo han visto, allá eso es muy caro. La carne y el pescado también son un problema, porque lo que se suele comer es puro arroz, papa o pasta sola. Con estas comidas a ellos se les está acostumbrando a la proteína y a la alimentación saludable.

ALICIA

Lo que realmente hace falta es darles mucho cariño, conversar y compartir con ellos. Alicia no conoce otro trabajo que no sea uno en el que la infancia sea la prioridad. Ella sacrificó la suya desde los trece para apoyar a su familia y a la educación de sus hermanos menores. Ese correr de mi niñez hace que siempre esté con los niños, nunca dejarlos solos. Todas las mañanas, Alicia viaja por tres horas entre el tren y el bus para tener los desayunos a tiempo y resolver cualquier inconveniente que se presente en el trajín. Hay días con novedades.

Cuando cumplió 77 años tuvo que abandonar su antiguo empleo en la cocina de un colegio, donde trabajó por casi ocho años. Su edad representaba “un riesgo” para la institución, pues más de una vez al día tenía que bajar y subir escaleras. Pensé que no volvería a encontrar trabajo. Las preocupaciones por su porvenir y el de su esposo empezaron a afectar su salud. Yo me sentía triste, hasta me enfermé. Me dolía el cuerpo, no tenía ganas de levantarme. Acá en Perú, por la edad, ya no me querían recibir. La edad tiene un límite y ya no se pueda hacer nada. Sin embargo, el sentido de su historia cambió cuando una amiga le contó sobre una convocatoria para ser voluntaria en la cocina de un albergue.

Para Alicia no existe nada más importante que la alimentación de los niños y niñas que atiende a diario. Mis niños son primeros, esa comida la traen para ellos y la necesitan más que nadie, pero sobre todo, paz y cariño. Si tengo que sentarme con ellos a jugar, me siento, lo disfruto, son los niños los que necesitan alegría. Mientras haya voluntad y salud, ella seguirá repartiendo amor en los albergues donde realiza su noble labor. Las niñas y los niños le devuelven la energía y le regalan más motivos para continuar y salir adelante. “¡Abuela, mira lo que te hemos traído!”, me dijeron dos niños. Hubo una chocolatada por navidad. Yo les dije que no se preocuparan, que si quedaba seguro una de las señoritas iba a a compartir conmigo. “No, eso te traigo porque eso me lo han dado a mi y te lo quiero dar porque tu eres una mamá buena con nosotros”. La verdad que lloré, los abracé y les agradecí. Los niños nos están enseñando el compartir, el dar. Los niños nos dan lecciones.

Compartir en Facebook Compartir en Twitter
Te puede interesar